Y Prokofiev VENCIÓ a Capablanca. Esta es la FÓRMULA PERFECTA para INICIAR a TUS HIJOS en la Música Clásica

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Solemos evocar esta imagen por su EXTRAORDINARIA BELLEZA:

NOTA: El siguiente texto NO es apto para personas sensibles. El lector asume toda responsabilidad.

Imagina este escenario → Recorres un oscuro pasillo que da a una sala que nunca habías visto antes y en la que no habías estado, pero, al entrar, una brillante luz ilumina la estancia por completo. A medida que das unos pocos pasos dentro, empiezas a percatarte de que un montón de gente que has conocido a lo largo de tu vida están ahí, y están vestidos de forma elegante. 

Resulta que eres invisible para esas personas; no pueden verte ni oírte, pero tú sí les ves y les oyes a ellos. Están hablando y comentando sobre esos tiempos en los que estabas feliz y muy animado.

A medida que te adentras más a fondo en la sala, te percatas de que estás en un funeral. Es tu funeral.

Das un par de vueltas por la sala y escuchas más historias y vivencias que están comentando sobre ti. Esas personas no dejan de estar compungidas y tristes por tu ausencia, pero están recordando todos los buenos tiempos. Están hablando sobre ti de un modo muy positivo. 

Comienza a insinuarse entonces otro tipo de sonido en aquel ambiente, a la par que la gente sigue hablando. El sonido es agudo y pequeño en primera instancia, tímido de inicio, leve. Ese sonido comienza a elevarse poco a poco en volumen. Aciertas a observar que proviene de un piano Steinway que hay al fondo a la derecha. 

Es entonces cuando irrumpe un lamento especial en toda la estancia. Pese a tratarse de un sollozo muy profundo, irradia un grandísimo amor, respeto y admiración. Se percibe todo eso. Te acercas a ver de quién está emanando…

Se trata de tus hijos… Están rodeados de más personas que conoces. 

Te acercas un poco más y escuchas la siguiente frase que resuena en todo el centro de tu cerebro:

“Nuestro padre nos enseñó la Música Clásica. A apreciarla, conocerla y disfrutarla. Nos enseñó eso y tantas cosas más. Conocimiento, Cultura… No podemos estar más agradecidos…”

Quieres abrazarlos y consolarles, pero a estas alturas sabes de antemano que no va a ser posible. 

La gran luz que por un momento te cegó al entrar a la sala, comienza a desvanecerse. Te tienes que ir y comienza a surgir en ti una sensación de satisfacción y orgullo. 

En los momentos finales sigues oyendo que otras personas y corritos permanecen hablando.

> ¿Qué están diciendo sobre ti? <

> ¿Qué logros tuyos alcanzados en vida están destacando? <

> ¿Cuáles fueron los más importantes? <

Antes de que la luz se apague del todo, posas tus ojos sobre el Steinway, y giras un poco la cabeza, pues te da mucha curiosidad ver la cara del pianista al teclado. No te puedes ir sin saber cómo es. 

Instante antes del apagón, ves que se trata de un hombre viejo y aspecto honorable. Él levanta la cabeza y te mira. Es como si hubiera recibido tu señal, tu saludo, telepáticamente. 

Ambos tenéis un momento de conexión. El pianista asiente, con lentitud, en un gesto que parece de veneración. 

Entonces escuchas, como en una voz en off, hondamente:

“Buen trabajo. Y Gracias.” 

Todo el escenario desaparece y te dejas ir. No hay nada que puedas hacer. 

Ese hombre al piano era Sergei Prokofiev. 

Hoy, Juan del Valle nos habla de él. 

Entre funerales, ajedrez y sonatas anda el juego. 

Una vida y obra que, sin duda, merecen ser contadas. Y conocidas. Aquí las tienes: 

ΑΩ